LAS PRIMERAS NOTICIAS
Año 332 antes de Cristo. Hace dos años que Alejandro Magno salió de Pella,
capital de Macedonia, con la vaga idea de conquistar Asia, en lo que sería el comienzo de una de las empresas
más complicadas de la Historia Antigua. Hasta aquí todo han sido victorias sin apenas contratiempos, pero ahora
lo que está enfrente es la magnífica ciudad de Tiro, en la costa de lo que hoy es Líbano.
Las tropas de Alejandro Magno llevan varios meses asediando la ciudad. La situación está agotando
la resistencia de Alejandro y la de sus soldados. De pronto ocurre un suceso excepcional que contribuirá a cambiar
el curso de los acontecimientos. Lo contó Quinto Curcio Rufo en su “Historia de Alejandro”:
"…unos soldados, en el momento de cortar unas rebanadas de pan, vieron brotar unas gotas de sangre;
el rey se asustó y Aristandro, el más entendido de los adivinos, declaró que si la sangre hubiera circulado
desde fuera hacia adentro hubiera sido un mal presagio, pero puesto que fluía de dentro hacia fuera,
era un buen augurio: anunciaba la victoria sobre la ciudad sitiada".
Nadie puede asegurar cuánto influyó en el ánimo y en el triunfo final este prodigio, pero lo cierto es que
Tiro cayó derrotada y fue objeto de un sanguinario saqueo por parte de las tropas de Alejandro. El episodio aparece
confirmado por otro historiador, el griego Diodoros Siculus que, dos siglos después de
Curcio Rufo, escribió: "los pedazos de pan partido tenían apariencia sangrienta".
Probablemente se trata de la primera referencia de una contaminación debida a Serratia marcescens.
LA BACTERIA
Serratia marcescens es un bacilo gramnegativo incluido en la familia
Enterobacteriaceae a la que también pertenecen Klebsiella, Proteus o Escherichia por ejemplo. Es
una causa importante de infecciones de origen nosocomial (es decir infecciones adquiridas dentro del hospital): bacteriemias, neumonías e
infecciones del tracto urinario. Con frecuencia afecta a pacientes ingresados en UCI y en unidades de prematuros. Muchas de las cepas de
origen “salvaje” (es decir, de origen ambiental, no hospitalario) son productoras de un pigmento rojo, llamado “prodigiosina”.
Pero esta descripción es muy fría cuando estamos hablando de una bacteria cuyos “prodigios” han fascinado a la humanidad probablemente desde las noches de las
cavernas. Veamos algunos de estos episodios:
LA EDAD MEDIA
Durante la Edad Media, se sucedieron en Europa varios casos de milagros
consistentes en la aparición de sangre en el pan utilizado en la ceremonia cristiana de la
Eucaristía. Uno de los primeros ocurrió en Alsen, Dinamarca en 1169. Un sacerdote vio sangre en el pan
durante la misa. Avisó a sus superiores y el abad predijo gran derramamiento de sangre cristiana.
Poco después unas hordas vikingas asolaron la región provocando numerosas muertes y desastres.
Esto sólo sería el comienzo. El más famoso de estos sucesos ocurrió en 1263 en Bolsena, Italia. El Papa
Urbano IV y su corte pasaban el verano en Civitavechia, en la zona costera del norte de Roma,
y había autorizado la celebración de la ceremonia de la Eucaristía en una iglesia que estaba a pocas millas,
en el lago Bolsena. Durante la ceremonia y al momento de bendecir los elementos de la comunión, el sacerdote,
Pedro de Praga que había peregrinado a Roma procedente de Bohemia y que pasaba por una profunda crisis de fe,
vio como desde el pan consagrado goteaba sangre hasta llegar a manchar su hábito. Este suceso, llamado “El milagro de Bolsena”
hizo que Urbano IV crease la festividad del Corpus Christi para toda la Iglesia Católica y
fue inmortalizado por Rafael en 1512 en un fresco del Vaticano.

“El milagro de Bolsena” de RAFFAELLO Sandio (Rafael). 1512. Vaticano
Cien años después un suceso similar ocurrido esta vez en Alemania, resulta aún
más atractivo desde el punto de vista microbiológico. Año 1383 en la iglesia de Wilsnack, Alemania.
El sacerdote tuvo que salir precipitadamente del edificio dejando sobre el altar de la iglesia tres porciones
de pan consagrado. Tras una semana de lluvias torrenciales en la zona el sacerdote regresó a la
iglesia. El altar estaba húmedo a causa de las goteras y el sacerdote se encontró con que
los trozos de pan se estaban enrojeciendo, tomando el aspecto de pan ensangrentado.
Para tranquilizar a la horrorizada población, el obispo de Havelberg vino a decir misa a
Wilsnack, trayéndose el pan para la ceremonia desde su ciudad. Colocó una porción del
mismo sobre tela del altar "entre las otras tres". Aunque consagrada, también ésta
terminó por enrojecer al cabo de unos días. La humedad, el tiempo transcurrido, el
progresivo aumento de la pigmentación, la transmisión a la nueva porción de pan, todo
parece avalar la presencia de Serratia marcescens. Si embargo el milagro quedó establecido,
los peregrinos llegaron por millares y se sucedieron las curaciones milagrosas.
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Siglo XIX. Serratia marcescens y el inicio de la microbiología
En 1819, en Legnaro, provincia de Padua, ocurrieron unos hechos que tendrían
gran importancia para la ciencia microbiológica del momento. Todo comenzó cuando
apareció un recipiente con polenta ensangrentada en la chabola de Antonio Pittarello un
agricultor pobre y supersticioso. La polenta es una sémola de maíz que se come mucho
en Italia. En poco tiempo, más de cien familias de la zona relataron la aparición de un material sanguinolento
en sus alimentos, sobre todo en la polenta y en los preparados de sopa de arroz. Incluso una gallina
cocinada fué descrita como “aderezada con sangre”. Se culpó de los hechos a espíritus malévolos
y las familias que habían encontrado “gotas de sangre” en sus alimentos fueron acusadas de actividades demoníacas.
El suceso causó gran alarma y se inició una investigación oficial dirigida por el doctor Vincenzo Sette
médico oficial de la cercana localidad de Piove di Sacco.
Sette concluyó que la causa era un hongo, al que llamó Zaogalactina imetropha. Mientras
tanto Bartolomeo Bizio un estudiante de farmacia que luego sería profesor en la
Universidad de Padua, investigó por su cuenta la polenta roja escribiendo informes entre
1819 y 1823. Bizio también clasificó (erróneamente) el organismo como un hongo pero le
dio su nombre definitivo: Serratia marcescens (Serratia: de Serafino Serrati un físico
que creó una máquina de vapor en 1787 y marcescens del latín “macerado, marchitado”
por el aspecto mucoso que adquieren las colonias viejas de esta bacteria). Tanto Sette
como Bizio cometieron el error de creer que se trataba de un hongo, pero establecieron
las bases para posteriores estudios microbiológicos: fueron los primeros en evidenciar
que el material rojo de la comida se debía a organismos vivos y que podía transmitirse
por inoculación como si fueran semillas. Sette y Bizio consiguieron extraer el pigmento de
la bacteria y probaron su uso como pintura para seda o lana, pero la gran sensibilidad a
la luz de la prodigiosina les hizo desistir. En aquella época los pigmentos rojos eran de
origen natural y no se crearía un tinte sintético hasta 1856: el color malva.
En 1848 en un hogar de Berlín, Alemania, un cocido de patatas apareció como
salpicado de gotas de sangre. Ehrenberg un distinguido médico y especialista en protozoos investigó
el fenómeno en profundidad. Parece ser que conocía los trabajos de Sette. El renombró el microorganismo
como Monas prodigiosa. Ehrenberg atribuyó a M.prodigiosa la mayoría de los informes
históricos acerca de alimentos ensangrentados.
El siglo XX. El uso de Serratia como marcador.
Durante mucho tiempo, se
creyó que S. marcescens era una
bacteria saprofita totalmente inocua
para los seres humanos. De ahí su
utilización como “marcador” en
diferentes experimentos que ahora nos
parecen de dudoso valor tanto ético
como científico.
En 1906, a raíz de una
epidemia de gripe en Inglaterra, se
encargó al doctor M.H. Gordon que
estudiara la higiene de la atmósfera de
la Cámara de los Comunes de Londres.
Gordon, colocó placas de Petri con
medio de cultivo a diferentes
distancias del estrado y, tras hacer gárgaras con un cultivo de Serratia, recitó textos de
Shakespeare ante la sala vacía. Posteriormente analizó, gracias al hallazgo de pigmento
en las placas, hasta dónde había diseminado la bacteria. De esta manera estableció la
importancia del habla y la tos como mecanismo de transmisión de enfermedades.
En 1920, estudiando la transmisión de infecciones respiratorias a través del
contacto manual, Cumming contaminó con Serratia la garganta, encías y labios de un
grupo de soldados norteamericanos. Con posterioridad recuperó la bacteria de manos y
bocas de otro grupo de soldados que no habían sido inoculados. Ninguno enfermó.
Tampoco enfermó ninguno de los voluntarios a quienes Mac Entegart y Portefield
pusieron Serratia en las encías de dientes que iban a ser extraídos, recuperando la
bacteria de hemocultivos en el 41% de ellos.
La guerra bacteriológica
Entre 1950 y 1966 el ejército de los
EEUU de Norteamérica utilizó S. marcescens en
estudios sobre la vulnerabilidad de la población
civil ante un eventual ataque bacteriológico.
Los cultivos de Serratia fueron aerosolizados
sobre una población que desconocía en
absoluto el experimento al que estaba siendo
sometida. Esto ocurrió en el Metro de Nueva
York, en Alabama, Florida y, en el caso mejor
conocido, en la bahía de San Francisco. En
Septiembre de 1950 y durante seis días la
Armada estadounidense arrojó al mar grandes
cantidades de Serratia marcescens en forma de
aerosoles desde un navío frente a la costa del Pacífico. El viento los llevó sobre la costa
de San Francisco, aislándose luego la bacteria de muestras tomadas hasta 100 metros
tierra adentro. Cuando estos experimentos secretos salieron a la luz, el ejército declaró
que no habían ocurrido infecciones atribuibles a ellos. Sin embargo está perfectamente
documentado un brote de infecciones por S. marcescens que afectó a once personas en
el Stanford University Hospital de San Francisco al poco tiempo de realizarse los
experimentos con los aerosoles. La mayoría fueron infecciones de orina, pero un hombre
falleció como consecuencia del primer caso conocido de endocarditis por Serratia. Se
llamaba Edward Nevin y había ingresado en el hospital con un cuadro séptico en Octubre
de 1950, solo 15 días después del inicio del experimento del ejército. El gobierno de los
Estados Unidos siempre ha negado que se tratase de la misma cepa. Pero hay otra
interrogante en la historia. Los cuadros de sépsis debidos a Serratia eran
extremadamente raros antes de los años 70. Sin embargo, entre 1968 y 1977 se
informaron más de 70 casos de sepsis por Serratia en un solo hospital de San Francisco,
curiosamente el Stanford University Hospital.
El síndrome del pañal rojo. "Red Diaper Syndrome" (Pediatrics, Jan 1958, 8-12, Vol 21, No. 1)
Se trata de un síndrome que en su momento causó gran revuelo, pero del que
solo hay un caso registrado en la literatura científica. El 27 de noviembre de 1954 nace,
en el Hospital Universitario de Wisconsin, un hermoso niño que pesó 3.410 gramos hijo
de un profesor de Genética que trabajaba en el mismo hospital. A los pocos días fue dado
de alta junto con su madre. En casa es donde comenzaron a notar que, pese a tener
deposiciones normales, los pañales se ponían rojos tras llevar un tiempo depositados en
el recipiente proporcionado por la lavandería. La lavandería enviaba el mismo tipo de
pañal a otros 800 niños y en ninguno de ellos se presentaba el mismo fenómeno. El niño
estaba sano. Varios coprocultivos demostraron la presencia en las heces de una cepa
pigmentada de Serratia marcescens en cultivo puro. La identificación fue confirmada por
los CDCs (“Centers for Disease Control” en Atlanta). El niño fue tratado con antibióticos
(¿era necesario?). Sólo a las seis semanas aparecieron otras bacterias en las heces, e
hizo falta casi un año para que se instaurase una flora intestinal “normal”. El estudio
epidemiológico del caso descubrió que en el laboratorio de bioquímica del hospital, se
estaba trabajando con aerosoles de Serratia marcescens, los cuales habían contaminado
el laboratorio de genética, donde trabajaba el padre del chaval. El serotipo de las cepas
encontradas en ambos laboratorios era el mismo que el aislado del intestino del lactante.
No podemos estar seguros de que Serratia marcescens fuese la bacteria que contaminó la polenta de
Bizio, y mucho menos de su influencia sobre la caída de Tiro o el auge de la cristiandad en la Edad Media pero
con mucha probabilidad, varios de esos sucesos se deben a su presencia. En la catedral de Orvieto, en Italia se
guardan las vestiduras “ensangrentadas” de Pedro de Praga. Un análisis del ADN de la “sangre” podría aclarar la
presencia de Serratia, pero esto no disminuiría en nada el encanto de la historia de Pedro de Praga y su crisis
de fe.
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Este artículo no habría sido posible sin la colaboración de J.W.Benett del Departamento de Citología y Biología
Molecular de la Universidad de Tulane en Nueva Orleans que nos envió amablemente su revisión: “Seeing Red:
The Story of Prodigiosin” (Adv Appl Microbiol. 2000;47:1-32)
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